E) La llamada «sociedad permisiva» contribuye en gran manera a que los alicientes pecaminosos y las ocasiones peligrosas de pecados sexuales se multipliquen. Las crecientes insatisfacciones de la vida conyugal, la inmodestia de la mujer en miradas, gestos, posturas y desnudeces (V. 2.a Sam. 11:2); la familiaridad que el trabajo, las diversiones y, en general, la vida social de hoy fomenta entre los sexos; revistas en los kioskos, grandes anuncios en los muros de las ciudades (y en el Metro), anuncios en la Televisión; todo ello contribuye a suministrar más y más combustible a la pasión sexual. Es cierto que la mujer, en su afán legítimo de mostrarse lo más atractiva posible, no se percata a veces del incendio que levanta (no olvidemos los ocultos manejos del subconsciente), pero es preciso que toda mujer creyente reflexione sobre ello. No vale el recurso de decir: «Que no miren», puesto que la naturaleza caída inclina a centrar el foco de la atención precisamente en los objetos prohibidos. (La Biblia no menciona por su nombre la masturbación o pecado solitario. 2.a Ped. 2:10ss., con su paralelo Jud. w. 10-13, parecen incluirlo, aunque no puede afirmarse rotundamente que traten de ello. De todos modos, no cabe duda de que entra dentro de la categoría de impureza sexual. Su gravedad e importancia ética depende del motivo psico-fisiológico; no es lo mismo una descarga de plétora en un sanguíneo exuberante que la actitud autista e introvertida de un sentimental. La timidez sexual y una incorrecta represión por parte de padres y educadores pueden favorecer este vicio. Se ha comprobado que los monos se masturban cuando sienten mucho miedo).