Lo instintivo y lo ético en el sexo

Dios creó el sexo, no sólo como instrumento de procrea­ción, sino para que también en él tuviese expresión la «ayuda idónea» y la mutua compenetración espiritual y afectiva en­tre varón y mujer. En cuanto instinto, su impulso y urgencia son primordiales, pero no superiores a la del instinto de con­servación, puesto que la incitación sexual cede ante el ham­bre, la sed o el miedo a perder la vida, etc. Sin embargo, está más sometido a represiones; de ahí que una falsa idea sobre el sexo, inducida en el hogar, en el colegio, etc. ocasione neurosis, complejos, etc. No se olvide la interacción glandu­lar, que desde la mente pasa, muchas veces inconsciente o subconscientemente, al hipotálamo y, desde allí, a las glándu­las suprarrenales y sexuales; con lo cual, el sexo está relacio­nado, no sólo con la Psicología, sino también con la Endocri­nología.
El hecho de que el sexo esté conectado directamente con el éros, o amor sensual, y aun con la epithymía, o amor de concupiscencia, no excluye la actuación de la philía o amor de amistad, ni aun del agápe o amor de pura generosidad. Más bien hemos de decir que, para ser fisiológicamente deleitante y para ser éticamente perfecto, requiere la conjunción de to­dos ellos. En especial, podemos asegurar que el amor sexual alcanza su perfección placentera y su continuidad fiel en el amor de entrega al otro, mientras que el egoísmo lo echa a perder en todos los aspectos, dañando lo íntimo de la persona y su vida de relación.




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