CLASIFIQUE LAS CRÍTICAS
Anticípese a lo que alguien pueda decir Mateo 5.43–48; Romanos 15.5, 6
Las críticas vienen en muchos tamaños y medidas. Algunas son abiertas y otras encubiertas. Algunas nos propinan un puñetazo en la nariz y otras nos apuñalan por la espalda. He encontrado que clasificar el tipo de críticos posibles puede ayudarme a anticipar lo que la gente va a decir.
1. Gente que rechaza la autoridad. Estos críticos no respetan ninguna autoridad, excepto la suya propia.
Cuando eran niños se rebelaban contra sus padres, en el trabajo contra sus empleadores, y ya adultos contra cualquier líder de cualquier grupo al que se unan. Ellos defienden la postura de que toda autoridad debe ser cuestionada.
2. Gente con cualidades naturales de liderazgo que no forman parte de la mayoría. Como resultado de esto, se transforman en líderes de la minoría y sienten que deben estar en oposición para cumplir bien su función. Cuanto más capaces son, más difícil es para el líder trabajar con ellos.
3. Gente que critica para demostrar sus conocimientos. Aquellos que se consideran buenos en determinada área dirán que otros no lo son tanto. Por ejemplo, un excelente sastre va a criticar permanentemente la forma en que se visten los demás.
4. «Aulladores naturales». La mayoría de las instituciones tienen gente que se comporta como un sabueso sentado sobre un pequeño cactus: prefieren aullar a moverse. Cada idea nueva se convierte en una excelente ocasión para armar escándalo.
5. Gente que utiliza la crítica para exorcizar conflictos internos. Un amigo dice de estos críticos: «Son como una bomba lista para explotar en cualquier momento.» Su crítica es permanente y petulante, más personal que organizacional; no está fundada en la doctrina sino en el ego. He encontrado que puedo utilizar esa clase de crítica para identificar a aquellos que están lastimados. Una persona insatisfecha consigo misma a menudo transfiere la insatisfacción a otros. En este caso, la crítica puede ser una invitación a encontrarse con alguien que sufre una necesidad profunda.
6. Críticos sinceros, honestos, interesados. Algunas personas se sienten responsables por el buen funcionamiento de la institución. Por lo tanto, cuando emiten una crítica debo tratarlas con respeto, atención y cortesía. No son mis enemigos, sino mis amigos. Los buenos críticos son como boyas en el río: te mantienen dentro del canal.
LA PRIMERA RESPUESTA
Cuatro reacciones comunes al conflicto en la iglesia Mateo 18.15–20; 1 Juan 3.16–18
Las personas que le temen al conflicto comúnmente responden a los desacuerdos de una de las maneras
siguientes:
1. Sobre-espiritualizándolos. Un líder cristiano me llevó aparte luego de un intenso esfuerzo por resolver una contienda enconada en la iglesia. «Supongo que todo este énfasis por poner las cosas al descubierto no es tan malo —comentó—, pero realmente no creo que nos haga ningún bien. Lo que esta iglesia necesita no es diálogo; necesitamos ponernos de rodillas y orar, confesar nuestros pecados, y enderezar nuestro corazón delante de Dios. ¡Eso terminará con nuestros conflictos!»
2. Negándolos. La tensión había paralizado a los ancianos de una congregación durante meses. Dejaron de comunicarse unos con otros y en vez de ello, hablaban con los demás miembros de la congregación acerca de su frustración. Cuando convocamos a una reunión para que los ancianos pudieran comunicarse directamente, la miembro que más se distinguía por sus intervenciones bruscas, comenzó con una negación. «No pretendo decir mucho —declaró ella con aire de superioridad—. Estoy aquí porque se me pidió que viniera. Pero le he entregado todo esto a Dios. No tengo problemas con nadie aquí, y no entiendo por qué todos siguen inquietándose y quejándose.»
3. Trivializándolos. ¿Por qué no pueden estas personas ser un poquito más maduras? — se quejó el presidente de la junta de una iglesia acerca de una reciente riña en la congregación —. Hay gente que se está muriendo de hambre, estamos rodeados de almas perdidas, y nosotros nos destrozamos unos a otros por detalles ridículos. ¿Por qué malgastamos nuestro tiempo en estas protestas insignificantes?
4. Tropezando con la culpa. «Siento como si fuera un fracaso como pastor cuando hay discordia en la iglesia —confesó un ministro angustiado— tal vez no estoy ejerciendo el liderazgo apropiadamente.»
Las personas que responden de una de las maneras arriba mencionadas tienen algo en común: asumen que el conflicto es algo negativo y destructivo. Si bien las heridas son muchas e innegablemente reales, estas suposiciones provocan lo peor en otras personas. Cada uno de estos enfoques bloquea la comunicación e intensifica los sentimientos de desesperación, incomprensión e ira.
La pregunta no es si estamos en desacuerdo, sino cómo lo estamos. Si entendemos las Escrituras, la historia de la iglesia, y la experiencia humana correctamente, no nos veremos en la necesidad de decir:
«¡Ay, no¡ ¡otra vez!» Debemos tener el valor de decir: Bueno, ¿qué nos va a decir Dios esta vez?