Deberes conyugales

Estudios Bíblicos de ética cristiana
4. Deberes conyugales

A) El mutuo amor. Los maridos deben amar a sus mujeres como a su propia carne, como Cristo amó a su Iglesia, con amor tutelar y sacrificado, según la verdad del Evangelio («sabiamente» 1.a Ped. 3:7), con honor y respeto al vaso más frágil físicamente, no psíquicamente, y en lo es­piritual como a coherederas de la gracia de la vida por la com­pleta igualdad en Cristo (Gal. 3:28), sin airadas asperezas (Ef. 5:25-33; Col. 3:19; 1.a Ped. 3:7). Las mujeres han de estar sumisas (el verbo griego hypotasso no expresa sujeción, sino subordinación, lo cual indica simplemente que el varón es la cabeza del hogar) a los maridos, con modestia de conducta, gesto y vestido, con respeto y amabilidad paciente, para ganar sin palabras incluso a los no creyentes (Ef. 5:22-24; Col. 3:18; 1.a Ped. 3:1-6). Si hay verdadero amor, todo marchará bien, superando las dificultades y el paso de los años. Dicen que al amor conyugal le pasa como al vino: con el paso de los años, va perdiendo «cuerpo» y color, pero va ganando en grados. Si hay amor, el varón buscará la compa­ñía de su mujer con más interés que la de cualquier amigo-la mujer le presentará al marido nuevos atractivos y sorpre­sas agradables. Examínese el marido: ¿por qué se siente su mujer irritable, hosca, depresiva? ¿No le faltará el interés, la caricia, la gratitud, la ayuda, el don-sorpresa, de su marido? Examínese la mujer: ¿por qué prefiere él marcharse con sus amigos? ¿No le faltará la comprensión, el interés por sus problemas, el detalle del plato que a él le gusta, el apoyo, el silencio, de su mujer?
B) El llamado «débito conyugal». La advertencia y el consejo de Pablo en 1.a Cor. 7:3-5 son de extrema im­portancia, no sólo para prevenir contra la infidelidad conyu­gal, sino también por la importancia que lo sexual tiene en el aspecto psico-físico de suprema gratificación placentera que mutuamente se ofrece 15 —algo más importante de lo que se cree para la salud física y mental de la mujer—, como en el aspecto existencial en que se muestra, más que en ninguna otra faceta de la vida —no cabe el disimulo—, el talante egocéntrico o alocéntrico de la persona. La frigidez, la in­diferencia o la poca disponibilidad de la esposa pueden aca­rrear la infidelidad por parte del marido. El egoísmo, la desconsideración, la violencia, pueden aminorar el afecto de la esposa.
C) La paternidad responsable. Como personas humanas y como creyentes, los cónyuges pueden y deben planear y regular la procreación, según lo demande su economía, su salud, etc. Es cierto que la Biblia no dice nada sobre el con­trol de natalidad. Más aún, lugares como Sal. 128:3; Ecl. 6:3 y otros muchos presentan la multitud de hijos como una ben­dición para el marido, así como 1.a Tim. 2:15 presenta el criar hijos como una bendición salvífica para la mujer; el reverso de la maldición de Gen. 3:16, como ya entrevio Adán en el vers. 20, tras la primera promesa del Redentor.
Sin embargo, no hay motivo para prohibir los anticoncepti­vos como pecaminosos, con tal que prevengan la concepción, no la melificación (que equivale a un aborto). Lo de Onán (Gen. 38:8-10) no hace al caso, porque Onán no fue casti­gado por Dios por impedir la concepción, sino por negarse a suscitar descendencia al nombre de su hermano.




1 comment

Mica 7 julio 2010

No sabia lo del débito conyugal lo aprendi hoy estudiando la Biblia




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