Dignidad del matrimonio

3. Dignidad del matrimonio

Aparte de lo dicho, la dignidad del matrimonio se muestra en la Biblia de dos maneras: (a) por la santidad que Dios le confiere, al hacer del matrimonio el mejor símbolo del amor hacia su pueblo, Israel. Esta íntima relación entre el amor más elevado y el estado conyugal se echa de ver en la literatura rabínica. Dice el Talmud: «El que se casa con una mujer buena, es como si hubiese cumplido todos los mandamientos de la Ley» (comp. con Gal. 5:14). Heb. 13:4 nos asegura que «el matrimonio ha de ser honorable en todos» lo cual indica que el estado conyugal es, por decirlo así, estado de perfección y no algo menos digno que el celi­bato, como si fuese una especie de «fornicación permitida» para cristianos de segunda clase. Por eso, el Apóstol arremete contra los que, «en los postreros tiempos», «prohibirán casarse» (1.a Tim. 4:1-3); (b) por la gravedad que la Biblia imputa a los pecados contra el matrimonio. Lev. 18:24 pre­senta las inmoralidades sexuales como la mayor inmundicia («tumiah»), que profanan hasta el punto de que los infrac­tores de la santidad del matrimonio quedan cortados de Dios 13. Igualmente, era reo de excomunión el individuo que golpeaba a su mujer.
No cabe duda de que el celibato aumenta inmensamente la disponibilidad de la persona. Jesús fue célibe porque su misión era entregarse totalmente a todos, «un ser enteramente comestible» como decía Paul Claudel, y una atadura conyu­gal hubiera disminuido su disponibilidad, aparte de que su condición consagrada de una manera singular, habiendo re­cibido el Espíritu sin medida, daba a su auto-control una perfecta seguridad. ¿Fue célibe Pablo? Esa es la opinión más común, aunque el hecho de votar en el Sanhedrín, echando la «piedrecita del voto» (psephón, Hech. 26:10), para que ma­tasen a los cristianos, indica que era viudo, pues sólo los padres de familia podían ser miembros del Sanhedrín con derecho a voto. En cuanto a los demás apóstoles, con Pedro a la cabeza, tenemos el testimonio del mismo Pablo de que eran casados (1.a Cor. 9:5). En todo caso, tanto el celibato como el matrimonio requieren su respectivo don de Dios (1.a Cor. 7:7), y embarcar por la fuerza, el temor o el engaño en una u otra nave a una persona inexperta en los mares de la vida, equivale a tender un lazo de ruina (1.a Cor. 7:35). Lo que sí es falso y antibíblico es dar a la virginidad una aureola especial, cuando para una mujer hebrea era una maldición (V. Jueces 11:37), como si el cuerpo y el sexo fuesen sucios, y el mundo un lugar infecto del que hay que huir (V. Mt. 28:19-20; Jn. 17:15).




Leave a Reply

Your email address will not be published.


Comment


Name

Email

Url