EL EFECTO DE LA CAÍDA DE ADÁN SOBRE TODO EL GENERO HUMANO

El efecto inmediato del pecado sobre Adán y Eva fue que éstos murieron espiritualmente y llegaron a estar sujetos a la muerte espiritual. Su naturaleza se depravó y, por tanto, la raza humana experimentaría la esclavitud del pecado. Además del cambio de la suerte del hombre y su ambiente, la Biblia también revela una profunda doctrina de imputación, que pone de relieve la verdad que Dios ahora acusó a Adán con pecado y, como resultado, acusó a sus descendientes con la responsabilidad del primer pecado de Adán.

Las Escrituras mencionan tres grandes imputaciones:

1) El pecado de Adán es imputado a su posteridad (Ro. 5: 12-14) ;
2) el pecado del hombre es imputado a Cristo (2 Co. 5: 21) ; y
3) la justicia de Dios imputada a los que creen en Cristo (Gn. 15:6; Sal. 32:2; Ro. 3:22; 4:3,8,21-25; 2 Co. 5:21; Flm. 17-18).

Es obvio que se efectuó un traspaso de carácter judicial del pecado del hombre a Cristo, quien llevó sobre su cuerpo en el madero el pecado del género humano. «Mas Jehová cargó en El el pecado de todos nosotros» (Is. 53:5; Jn. 1:29; 1 P. 2: 24; 3: 18). De igual manera hay un traspaso de carácter judicial de la justicia de Dios al creyente (2 Co. 5:21), puesto que no podía haber otro fundamento de justificación o aceptación delante de Dios. Esta imputación pertenece a la nueva relación espiritual que el creyente disfruta con Dios en la esfera de la nueva creación.

Estando unidos al Señor por el bautismo del Espíritu (1 Co. 6:17; 12:13; 2 Co. 5:17; Gá. 3:27), y vital mente relacionados con Cristo como un miembro de su cuerpo (Ef. 5:30), se sigue que cada virtud de Cristo es comunicada a los que han llegado a ser una parte orgánica de El. El creyente está «en Cristo» y, por consiguiente, participa de todo lo que Cristo es.

Así, también los hechos de la antigua creación son traspasados de manera real a aquellos que por generación natural están «en Adán». Ellos poseen la misma naturaleza de Adán, y se dice, además, que ellos han pecado en él. Esto es un hecho tan real que llega a ser en sí mismo la base suficiente del juicio divino decretado en contra del pecado; al igual que la imputación de la justicia de Dios en Cristo es el fundamento satisfactorio para la justificación. Y el resultado es el juicio de Dios sobre todos los hombres, ya sea que. ellos hayan pecado o no según la trasgresión de Adán. A pesar de que los hombres sostengan, como generalmente lo hacen, que ellos no son responsables del pecado de Adán, la revelación divina afirma que, debido a los efectos trascendentales de la relación representativa que todos los seres humanos tienen con Adán, el pecado original del primer hombre es inmediata y directamente imputado a todos los miembros de la raza, con la invariable sentencia de muerte descansando sobre todos ellos (Ro. 5:12-14). De igual manera, el pecado original de Adán es transmitido en la forma de naturaleza pecaminosa indirectamente, o sea, por herencia, de padre a hijo, a través de todas las generaciones. El efecto de la caída es universal; así también lo es la oferta de la divina gracia.
La caída de los hombres no se efectúa cuando cometen su primer pecado; ellos han nacido ya en pecado, como criaturas caídas, procedentes de Adán. Los hombres no se convierten en pecadores por medio de la práctica del pecado, sino que ellos pecan debido a que por naturaleza son pecadores. Ningún niño necesita que se le enseñe a pecar, pero cada niño tiene que ser estimulado a realizar el bien.
Debe observarse que, no obstante que la caída de Adán pesa sobre toda la Humanidad, es evidente que hay una provisión divina para los infantes y para todos aquellos que no tienen responsabilidad moral.

Los santos juicios de Dios tienen que caer sobre todos los pecadores no redimidos:

1) por causa del pecado imputado;
2) por causa de la naturaleza pecaminosa que todos han heredado;
3) por causa de que todos están bajo pecado; y 4) por causa de sus propios pecados.

Si bien es cierto que estos juicios divinos no pueden atenuarse, el pecador puede escapar de ellos por medio de Cristo. Estas son las buenas nuevas del Evangelio.

La pena que descansa sobre la antigua creación es:

1) muerte física, por la cual el alma se separa del cuerpo;
2) muerte espiritual, la cual, semejante a la de Adán, es el estado presente de los perdidos y la separación entre el alma y Dios (Ef. 2:1; 4:18-19); y
3) la segunda muerte, o sea, la eterna separación entre el alma y Dios y la expulsión de los perdidos de la presencia de El para siempre (Ap. 2:11; 20:6,14; 21:8).




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