Fue hecho en la semejanza de los hombres

(véanse Jn.1:14; Ro.1:3; Gá.4:4; He.2:14,17). Este hecho sencillo pero totalmente asombroso no puede ser ni remotamente comprendido por la mente humana. El Creador santo e infinito de pronto se convierte en la semejanza de sus criaturas finitas y pecadoras (pero sin pecado). Es como si un rey terrenal poderoso y magnífico decidiera dejar de lado por un tiempo su acumulación de riquezas y, dejando atrás una corte asombrada y que lo adora, tomara el cuerpo de una humilde hormiga. El «Hijo del Hombre» era, dicho sea de paso, el nombre favorito del Señor para referirse a sí mismo mientras estuvo en la tierra. Tomó la forma de un siervo. No vino como un poderoso César humano o algún filósofo de fama universal. Aun esto habría sido una humillación de tremendas proporciones. Más bien vino como un humilde siervo. J. Vernon McGee escribe:
«Podría haber nacido en el palacio de Roma. Podría haber nacido César. Pero Dios ya había prometido que sería de la línea de David…. ¿Alguna vez notó lo que Isaías dijo acerca de él?:
“Saldrá una vara del tronco de Isaí, y un vástago retoñará de sus raíces” (Is.11:1).
Eso me molestó por años. Tenía ganas de decir: “Isaías, tendrías que haber dicho del tronco de David.” Pienso que si Isaías me hubiera podido hablar, me habría dicho: “Ustedes no se dan cuenta. ¡El tronco viene de Isaíl” Cuando Jesús nació, Israel estaba bajo el dominio de Roma; la línea real de David ya no estaba en el trono, sino que había vuelto a los campesinos. Isaí, el padre del rey David, era un campesino, un granjero de Belén. Y cuando Jesús nació, la línea real estaba nuevamente en la clase campesina. Jesús nació en una familia pobre. Aun que era el Hijo de David, el tronco venía de Isaí. Tomó la forma de un siervo.» (Probing Through Philippians, p. 36.)




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