Salvación como el remedio de Dios para el pecado

La salvación como el remedio de Dios para el pecado
Aun cuando se hacen ciertas distinciones en la doctrina bíblica del pecado, hay dos hechos universales que deben considerarse en primer lugar:
1. El pecado es siempre condenable, ya sea que lo cometa el salvaje o el civilizado, el no regenerado o el regenerado. Aunque puede haber diferentes grados de castigo para el pecador (Lc. 12:47-48), todo pecado es invariablemente «pecaminoso» en sí mismo, porque constituye una ofensa contra la santidad de Dios.
2. El único remedio para el pecado está en la sangre derramada del Hijo de Dios. Esto es tan cierto cuando se trata de los que por medio de sacrificios de animales anticiparon la muerte de Cristo en la cruz, como lo es de aquellos que por fe miran ahora retrospectivamente hacia el sacrificio del Cordero de Dios.
Si la pena del pecado puede ser remitida es porque hubo otro que en su carácter de sustituto satisfizo todas las demandas que la justicia divina tenía contra el pecador. En el antiguo orden, el pecador no era perdonado sino hasta que el sacerdote había presentado el sacrificio cruento para expiación, el cual anticipaba la muerte de Cristo en la cruz (Lv. 4:20, 26, 31, 35; 5:10, 13, 16, 18; 6:7; 19:22; Nm. 15:25-26, 28). Y después que el sacrificio del Hijo de Dios se ha consumado, prevalece la misma verdad tocante a que su sangre derramada en el Calvario es la base del perdón para todo pecador. Este es el testimonio de la Palabra de Dios:«En quien tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados según las riquezas de su gracia» (Col. 1:14; Ef. 1:7).
La muerte vicaria de Cristo es infinitamente perfecta en su eficacia redentora, y, por lo tanto, el pecador que confía en El es no solamente perdonado, sino también justificado para siempre (Ro. 3:24). Dios nunca ha tratado el pecado con lenidad. Al pecador no se le impone ninguna carga por el perdón; pero si es perdonado se debe tan sólo a que el castigo divino por el pecado cayó con todo su rigor sobre el Cordero de Dios (1 P.2:24; 3:18).




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