Virtudes

Virtud, según la teología católica, propensión a hacer el bien, residente en el alma de los fieles.
La fe en Dios,
La esperanza (aspiración humana al fin último, la vida eterna y la felicidad) y
La caridad (amor supremo hacia el Padre y hacia todas sus criaturas), son las denominadas virtudes teologales, en cuanto dones de Dios que Él deposita en el alma de sus hijos.
En ellas se fundamentan las demás virtudes humanas, que se agrupan en torno a cuatro virtudes cardinales:
La prudencia (fuente de discernimiento del bien y de los medios para llevarlo a cabo),
La justicia (constante fidelidad a los deberes hacia Dios y el prójimo),
La fortaleza (por medio de la cual el cristiano permanece firme en sus principios, aunque se encuentre sometido a retos y dificultades) y
La templanza (actitud que hace posible, a través de la moderación en los placeres, un uso sabio de los bienes materiales).
Sócrates se opuso a los sofistas. Su posición filosófica, representada en los diálogos de su discípulo Platón, puede resumirse de la siguiente manera: la virtud es conocimiento; la gente será virtuosa si sabe lo que es la virtud, y el vicio, o el mal, es fruto de la ignorancia. Así, según Sócrates, la educación como aquello que constituye la virtud puede conseguir que la gente sea y actúe conforme a la moral.

Los cínicos, en especial el filósofo Antístenes, afirmaban que la esencia de la virtud, el bien único, es el autocontrol, y que esto se puede inculcar. Los cínicos despreciaban el placer, que consideraban el mal si era aceptado como una guía de conducta. Juzgaban todo orgullo como un vicio, incluyendo el orgullo en la apariencia, o limpieza. Se cuenta que Sócrates dijo a Antístenes: “Puedo ver tu orgullo a través de los agujeros de tu capa”.

Según Platón, el bien es un elemento esencial de la realidad. El mal no existe en sí mismo, sino como reflejo imperfecto de lo real, que es el bien. En sus Diálogos (primera mitad del siglo IV a.C.) mantiene que la virtud humana descansa en la aptitud de una persona para llevar a cabo su propia función en el mundo. El alma humana está compuesta por tres elementos —el intelecto, la voluntad y la emoción— cada uno de los cuales poseen una virtud específica en la persona buena y juega un papel específico. La virtud del intelecto es la sabiduría, o el conocimiento de los fines de la vida; la de la voluntad es el valor, la capacidad de actuar, y la de las emociones es la templanza, o el autocontrol.




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